—Pues esta mañana, viniendo de San Lotario, le he visto entrar en la hostería del Centauro, que no se me despinta su talle con sólo habérseme aparecido de noche y no haber mirado yo más que de soslayo. Y decirte quiero, Lisarda, que estoy harta de esperar a ese caballero de Indias, que me tiene prometido mi padre y también que he soñado con el rondador de la serenata. No es desagradable tampoco otro caballero que hoy tiene mi padre convidado, y nos ha saludado esta mañana en la iglesia; pero no me parece tan amable como el de la hostería. Fuerza es que te enteres de sus prendas y si es persona de calidad como representa ser.
Aquel día tenía, en efecto, Leonardo convidado al propio D. Miguel que, sin manifestar su nombre verdadero, se había presentado a él como un amigo del visorrey y de su hijo, de quien le traía nuevas. Mucho agradó a Renata la presencia del huésped, así como su cortesanía y discreción; pero el pensamiento no se le iba del lado de D. Diego, de quien las artes del Enemigo Malo hiciéronla prendarse muy en malhora. Quiso Leonardo que su hija regalase al forastero, y la hizo cantar acompañándose con el arpa, y cantado que hubo, requirió y le fué concedida licencia para retirarse del estrado. Así que Renata se vió libre, corrió en busca de Lisarda para hablar con ella de D. Diego con ese afán de los enamorados que sólo saben platicar de lo que aman. Preguntóla si había inquirido su nombre y condición, y supo que era un caballero español que se llamaba D. Diego de Zúñiga, y a lo que la dijeron viajaba por placer, siendo un mayorazgo muy rico de Castilla. Esto sabido, su pasión afirmóse al conocer que se trataba de un hombre principal.
Instigado por D. Miguel vióse D. Diego obligado a enviarla recados y billetes de mejor gana recibidos que mandados. Y era de ver cómo al tiempo que crecía el amor de Renata por D. Diego, crecía también la pasión del falso Zúñiga por el noble don Miguel. Y la dama, oculta bajo el disfraz de que se había valido para salvar su recato al viajar por los caminos en dirección al convento en donde se pensaba encerrar, lloraba cuando estaba a solas, y para salir de tan anormal situación unas veces se determinaba a presentarse con el traje de su sexo al de Guzmán, y otras decidíase a partir para Mantua sin despedirse del caballero que inocentemente hacía tal estrago en su espíritu, siquiera fuese el suyo el honesto amor que cumplía a una joven dama principal y cristiana como ella era.
Tenía dispuesto el duque de Ferrara en sus bellos jardines una fiesta de noche, para honrar una embajada de la magnífica señoría de la república de Venecia, y había de ser de un fausto tal como era tradición en los sucesores de Alfonso de Este, divi Hércules filius. Como era natural, tenía parte principal en ella Renata como sobrina del senescal, y Aldobrandino, sin saber que con ello honraba al que debía ser su yerno, invitó a D. Miguel a que fuera parte de la misma y de una comedia que allí había de hacerse. Dió cuenta de esto el de Guzmán a D. Diego, y a poco recibía el falso Zúñiga una esquela de Renata con cita en los jardines ducales la noche de la fiesta.
Magnífica como el señor que la dispuso, era ésta que animó los vergeles señoriales. Percibíase, llegando a ellos, un grato y apacible sonar de músicas, y apercibíase en entrando una muy notable frecuencia de caballeros y de damas que discurrían y departían, placíanse con el tañido y holgábanse con danzas de ceremonia y otros varios deleites.
Siendo grande la frondosidad de la arboleda, toda ella ardía con profusión de luminarias, y era de ver cómo rutilaban las piedras preciosas sobre los brochados de los trajes, y cómo los blancos chapines de seda de las damas constelados de diamantes semejaban albas flores cubiertas de rocío sobre el verde de la pradera.
Aquellos días celebrábanse de continuo fiestas de estafermos y corríanse sortijas, habiendo justas como otras célebres que hubo en Castilla, tales como el paso honroso del caballero Suero de Quiñones en Medina del Campo, y el otro con que le imitó honrando la embajada del duque de Bretaña el muy magnífico señor don Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque, conde de Ledesma, vizconde de Huelma, señor de Mombeltrán, y de La Adrada de Cuéllar y de Roa, ejemplo de validos y espejo de caballeros leales a sus reyes.
Abríase en el centro de los jardines una amplia plaza bordeada de álamos, cubiertos sus añosos troncos con túnicas de hiedra; nobles estatuas alzábanse también allí, y el suave musgo vestía de verde terciopelo las figuras del mármol. Corriéronse en tan bello lugar unos anillos a la luz de las antorchas y fué triunfante un caballero milanés que se llamaba Leonelo Sforza, y era hijo del esclarecido linaje que llevaba ese nombre preclaro. Traía el vencedor en la muñeca izquierda un brazalete como de hierro y en el cual eran grabadas las palabras de su mote, que también llevaba en el gallardete de su lanza. Lema lleno de poesía y donosura, que decía así: Galeote soy de amor.
Fué a ofrecer su galardón a una dama que se hallaba justamente al lado de Renata y se llamaba Laura de la Rovere y era de familia de donde han salido pontífices romanos. Algún disgusto tuvo la vanidosa Aldobrandino al no verse favorecida, pero ningún desabrimiento había aquella noche en la fiesta como el del desdichado don Diego, que tan mal de su grado la presenciaba.
Siguióse una danza de salvajes, y a ésta otra en que la comparsa vestíase a la usanza de los antiguos legionarios romanos. Apartáronse luego en dos filas los bailarines y salieron del boscaje unas gentiles amazonas que hubieran sido envidia de la propia Pentesilea y cabalgaban sobre cándidas hacaneas cubiertas con gualdrapas. Traían una aljaba a la espalda y blandían el arco en la diestra, disparando sus flechas hacia lo alto de los árboles. A ellas seguían unos lacayos que conducían sobre parihuelas de plata diversos cuerpos de toros con sus cuernos y sus cascos dorados, y todos ellos cubiertos de guirnaldas, y con gran concurso de frutas confitadas. Era este el anuncio del festín que se siguió y fué tal como los opulentos de las nupcias de Beatriz de Avalos con el magnífico Juan Jacobo Trivulzio, y las de Violante Visconti con el duque Lionel de Inglaterra.