Finó el banquete, mas no se crea por eso que tuvo su punto la función. Diéronse varios vítores a la embajada veneciana, y luego unos como líctores comenzaron a decir: «¡Viva el duque muchos, y buenos, y largos años con triunfo sobre sus enemigos!» Y el cardenal de Giudice, que presente se hallaba, dijo después: «Loado sea Nuestro Señor; que nos da tal señor.» Todos cuantos habían sido parte en el festín pusiéronse muy luego en marcha a otro lugar, pues que la noche y los jardines daban el tiempo y el espacio suficientes para que la fiesta continuase. Dió todo aquel senado en una pradera donde había dispuesto un estrado para que unos muy ilustres histriones representasen farsas divertidas y amenas. No era ciertamente nada de amena y divertida la farsa que tocaba representar a D. Diego, que tenía su pensamiento allí donde pusiera su ánima cuitada.

Comenzóse la representación por una loa que se titulaba El triunfo de la prudencia. Era en tal alegoría la señoría veneciana como Mentor del país italiano a quien se hacía pasar por Ulises. La urdimbre era sencilla y agradable, y todo aquel artificio con muy singular acierto tramado. Hacíase después un paseo de comedias que era llamado así: Gran caudillo es el amor. Bello poema donde el poeta ponía en su fábula verdades de la vida. Era aquí donde había sido rogado D. Miguel por Aldobrandino que, tratándose de una persona principal y muy versada en letras italianas, tomase un papel. Eran los personajes de la acción: Ricardo y Cardenio, caballeros; Lucrecia y Beatriz, damas; Hipólita, dueña, y Pánfilo y Doroteo, criados. Fingía Renata la parte de Beatriz, sin saber que en aquel Cardenio que era su galán en la comedia, escondíase su prometido esposo verdadero, tan bien esperado como mal recibido.

Fingíase en aquel paso que todas las damas habían movido una cruzada contra los caballeros todos para vencerles el desamor, pues no los consideraban suficientemente rendidos a su albedrío, y valiéndose de armas para su intento, habían usado primero de la tiranía de la soberbia con que sólo consiguieron un desdén uniforme. Buscaron luego mejor general para su causa y dieron en encontrar al amor que muy luego sirvióles aunque siendo igual que fuerte veleidoso hubo de traicionarlas haciéndolas a la postre esclavas de aquéllos a quienes intentaron rendir. Era bella la traza y hábilmente parlada, que bien mostrado lo sutil del ingenio que la había compuesto y debía de ser un poeta que no cediera en elegancia al mismo Fracastor.

Trasládase aquí un retazo de escena, porque el interés que movió en el senado que la escuchaba y hasta nuestro propio deleite nos lo ordenan. Hallábanse en medio de un boscaje el caballero Ricardo, que era príncipe de Inglaterra, y la dama Lucrecia, que era duquesa de la Italia, y así decían sus decires:

RICARDO

¿Seréis esquiva dama menos gradescida que las flores? Ved que ellas de todos codiciadas no apartan el tallo de su rama cuando alguien quiere gustar de su fragancia, y aun besarlas como a labios de hermosas.

LUCRECIA

Para vos, caballero Ricardo, las flores todas de mi jardín, menos una. Sabedla ganar y serán sus hojas labios para vuestros labios. Vos os llamáis Ricardo. Así se llamaba vuestro rey Corazón de León.

RICARDO

¿Queréis, dama Lucrecia, que vaya a Palestina? Yo rescataré el sepulcro de Cristo, y traeré para que adornen vuestros chapines las gemas que adornan el turbante del señor soldán de Babilonia.