El Cura se levantó furioso y miró al sargento de tal modo que lo intimidó.

—¡Atarme a mí!—exclamó.

—No hay necesidad de atarle—dijo Aviraneta fríamente—. ¿Cuántos hombres van?

—Veinte.

—¿El cochero es del pueblo?

—Sí.

—Sustitúyanlo ustedes por un soldado. ¡Bueno, don Jerónimo, a montar!

El Cura Merino, bramando de coraje, salió del cuarto, bajó las escaleras, cruzó el zaguán de la posada y subió en el vehículo.

La escolta, mandada por el sargento, rodeó el coche, que tomó el camino de Lerma. Una hora después Aviraneta y Frutos, con su gente, volvían a Santo Domingo de Silos, y de aquí se encaminaban a Hontoria del Pinar.