—Llama al sargento.

Entró el sargento en el cuarto.

—Sargento—dijo Aviraneta—, hay que conducir a este señor, que es el Cura Merino, a Burgos, con escolta. A ver si hay algún carricoche en el pueblo.

—Sí, hay uno.

—Decomisadlo, y que lo aparejen.

Salió el sargento y Merino; Aviraneta, Frutos y Jazmín quedaron en el cuarto.

Merino, tranquilo ya por su suerte, iba mascullando las frases de Aviraneta, y, al recordarlas, la cólera le subía en ráfagas de sangre a la frente.

Aviraneta sonreía, mirando al Cura, y el joven Frutos se maravillaba de la audacia de los hombres, de que Merino estuviera sereno y de que Aviraneta hablara de aquel modo a su antiguo jefe.

Un cuarto de hora después el sargento entró diciendo que ya estaba preparado el birlocho.

—¿Lo atamos?—dijo, señalando a Merino.