—Para ti, que eres masón e impío muy extraño.
—Y para usted debe serlo también, si alguna vez hace examen de conciencia... Aunque usted no tiene conciencia.
—Gracias, hijo.
—No, no la tiene usted. Usted es una alimaña, una fiera... Ahora que es usted un gran militar... Eso es cierto.
—Vamos. Veo que me concedes algo.
—¿Por qué no? Por eso precisamente le fusilaría a usted si pudiera, porque sé que ha de hacer usted mucho daño a España, a la Libertad, a la civilización. Sí, le fusilaría a usted, no por venganza, sino como quien cumple un deber...; pero no puedo, y lo siento. Le enviaré a usted con escolta a Burgos; allí el gobernador le soltará un discurso severo. Usted a todo dirá que sí; luego el señor arzobispo, con la superioridad que le dan sus sesenta o ochenta mil duros de ganancia al año, le dirá que hace usted muy mal en rebelarse contra el Gobierno constitucional, que paga tan bien a los obispos; le dejarán suelto, y dentro de un par de meses estará usted aquí de nuevo sublevando el país. En fin, si me coge usted, don Jerónimo, ya sabe que me puede fusilar sin remordimiento.
—No, no te fusilaré.
—¡Jazmín!—llamó Aviraneta.
—A la orden.