—¡Bah! Fuerza tienes... Sin embargo, no lo haces... porque no quieres...

—Porque no quiero, no; porque no puedo... No tengo mas que un mando eventual. Mis tropas no me conocen; quizá no me obedecieran si les ordenara su fusilamiento. Son además gentes supersticiosas. Saben ya que es usted el Cura Merino, y creen que matar a un cura es peor que matar a otro hombre.

—¿Y tú, no?

—Yo, no. Yo dejaría los santos huesos del ministro del Señor aquí, revueltos con el estiércol, en esta tierra donde tanta sangre ha derramado usted.

—¡Sacrílego! ¡Bárbaro!

—¿Pero de verdad cree usted, don Jerónimo, que usted es persona sagrada? Usted que ha matado a tanta gente..., que ha incendiado..., que ha violado a las criadas de las posadas y les ha dejado de recuerdo un pequeño Merino, usted que ha robado...

—¿Yo robar?

—Para el partido, no para usted.

—¡Ah! Eso es otra cosa.

—¿De manera que usted se cree sagrado? ¿Usted cree que son sagrados todos esos ganapanes vestidos de negro, todos esos farsantes chapeados de bellaco? Extraña idea.