Formaban la partida, además del canónigo don Francisco Barrio, tres curas de pueblo y los guerrilleros llamados Dionisio Carro, Isidro Astorga, José Crespo, Agustín Escudero, gente toda conocida por sus fechorías, y, además de éstos, algunos indocumentados sin importancia.

Diamante quedó muy poco satisfecho de la aventura. Esperaba coger la presa, y ésta se le había escapado en el momento de echarla mano.

Al contarle Aviraneta la captura del Cura Merino, Diamante exclamó entristecido:

—¡Qué suerte! ¿Y qué ha hecho usted con él? ¿Lo ha fusilado usted?

—No. El gobernador lo prohibió terminantemente. Si hubiese tenido a mis órdenes gente fina y revolucionaria les hubiera encargado que al llevar el Cura a Burgos, con el pretexto de que se quería escapar, le hubiesen pegado cuatro tiros en el camino...; pero no había gente terne.

—¡Qué lástima!—exclamó Diamante.

Diamante pretendió fusilar a Barrio y a los principales de la partida capturada, pero Aviraneta se opuso. La orden era de conducirlos prisioneros; Diamante quiso entonces atarlos a la cola de los caballos; pero tampoco se aceptó la idea, y se decidió llevarlos en dos grupos.

La columna, cruzando campos, tomó la calzada de Soria a Burgos, y llegó a esta ciudad a entregar los presos.

El gobernador preguntó a Aviraneta qué recompensa deseaba. Éste le dijo que si conseguía alguna medalla para Diamante y para Frutos se lo agradecería.