Aviraneta supuso que como en todas partes encontraría oposición en los colonos de La Vid para comenzar el inventario de los bienes de la comunidad, se hizo acompañar por Jazmín, el Lebrel, Diamante y cuatro milicianos de Aranda, ex guerrilleros del Empecinado, entre ellos, el sargento Lobo.

El convento de La Vid no tenía en este tiempo el número de frailes que la ley votada en Cortes exigía para que pudiera existir como agrupación religiosa. Había únicamente cuatro o cinco monjes que gozaban dignidad de canónigos y que vivían en las casas del pueblo por no poder habitar el monasterio, entre ellos un tal don Manuel Castilla, hijo de un labrador de Vadocondes.

Como suponía Aviraneta, al llegar él y sus amigos a La Vid, a reclamar las llaves al que hacía de administrador y avisar algunos colonos para que viniesen a declarar como testigos, vió claramente que todos estaban dispuestos a oponerse al inventario por cualquier medio.

El fraile don Manuel Castilla se presentó con muchos humos e insultó a los milicianos. Aviraneta le recomendó que se reportara, porque estaba dispuesto a emplear todos los medios para amansarle, desde darle una paliza hasta pegarle cuatro tiros.

Los colonos de La Vid, al oír las razones de Aviraneta, vacilaron.

No era solamente virtud y entusiasmo por la religión los que movían a los aldeanos a protestar del inventario; la causa principal era que los vecinos de las noventa casas del pueblo se aprovechaban como de cosa propia de los bienes, casi abandonados, del monasterio.

Aviraneta y Diamante hicieron como que no se enteraban, y Aviraneta comenzó a catalogar cuadros, estatuas, joyas, y a medir campos y bosques.

La indignación cundió en las tres barriadas de La Vid; llovían amenazas anónimas e insultos; se dispararon varios tiros a las ventanas.

La Gaceta apareció por allá a intrigar con sus chismes y sus embustes.

Aviraneta, Diamante y sus guerrilleros fingían que no se daban cuenta de la cólera de los vecinos.