Este local fué escogido por Aviraneta como habitación para su gente. Era el cuarto más defendido, y daba hacia la entrada del monasterio.
Desde él se podía mirar quién venía por el puente.
El antiguo archivo sirvió de cuartelillo. Allí se colocaron las camas de paja para los milicianos.
Por las noches se cerraban las maderas; luego, una puerta pesada y sólida de cuarterones, y se echaban a dormir mientras uno hacía de centinela arma al brazo.
VII.
AUTO DE FE
Una noche que hacía más frío que de ordinario, los milicianos intentaron encender la chimenea del archivo.
Habían ya quemado toda la leña y las astillas en una cocina de la portería, donde se hacía la comida, y no querían gastar la paja que tenían para las camas.
—Pues aquí no nos puede faltar papel—murmuró Aviraneta.