Y echó mano del primer tomo que tuvo a mano, en la estantería del archivo. Era un manuscrito en pergamino, con las primeras letras de los capítulos pintadas y doradas y varias miniaturas en el texto.
—Esto no arderá—murmuró Aviraneta—. ¡Eh, muchachos!
—¿Qué manda usted?
—A ver si encontráis por ahí tomos en papel.
Jazmín, el Lebrel y Valladares bajaron a la biblioteca y trajeron cada uno una espuerta de libros.
—Buena remesa—dijo Aviraneta—. Usted, Diamante, que ha sido cura.
—¿Yo cura?—preguntó el aludido con indignación.
—O semicura, es igual. Usted nos puede asesorar. Mire usted qué se puede quemar de ahí. Una advertencia. Si alguno desea un libro de éstos, que lo pida. El Gobierno, representado en este momento por mí, patrocina la cultura... He dicho.
Diamante cogió el primer volumen al azar.
—Aurelius Augustinus—leyó—. De Civitate Dei. Argumentum operis totius ex-libro retractationum.