—San Agustín—exclamó Aviraneta—. Santo de primera clase. ¿No lo quiere nadie?—preguntó—. ¿Nadie? Bueno, al fuego. Adelante, licenciado.

—San Jerónimo: Epístolas.

—¿Nadie está por las epístolas? Al fuego también.

—Santo Tomás: Summa contra gentiles.

—Santo Tomás—dijo Aviraneta con solemnidad—, el gran teólogo de... (no sé de dónde fué)... ¿Nadie quiere a Santo Tomás? Son ustedes unos paganos. ¡A ver esos papeles!

Carta de Alfonso VII, el Emperador—leyó Diamante—, otorgada en unión de su hijo don Sancho, donando al abad Domingo y a sus sucesores la propiedad del lugar que se llama Vide, entre término de Penna Aranda y Zuzones, con todos sus montes, valles, pertenencias y derechos, con la condición de que ibi sub beati augustini regula comniorantes abbatiam constituatis.

—Bueno; eso se puede dejar por si acaso—dijo Aviraneta—. Sigamos.

—Fray Juan Nieto: Manojitos de flores, cuya fragancia descifra los misterios de la misa y oficio divino; da esfuerzo a los moribundos, enseña a seguir a Cristo y ofrece seguras armas para hacer guerra al demonio, ahuyentar las tempestades y todo animal nocivo...

—Don Eugenio—dijo uno de los milicianos sonriendo.

—¿Qué hay, amigo?