—Que yo me quedaría con ese Manojito.

—Dadle a este ciudadano el Manojito—exclamó Aviraneta.

—¿Para qué quiere esa majadería?—preguntó Diamante.

—Es un deseo laudable que tiene de instruírse con el Manojito. ¡A ver el Manojito! Necesitamos el Manojito. La patria es bastante rica para regalar a este ciudadano ese Manojito.

Se entregó al miliciano el libro, y Diamante siguió leyendo:

—Aquí tenemos las obras de San Clemente, San Isidoro de Sevilla y San Anselmo.

—¿No las quiere nadie?—preguntó Aviraneta.

—Tienen buen papel, buenas hojas—advirtió Diamante.

—¿Nadie? A la una..., a las dos..., a las tres. ¿Nadie?... Al fuego.