Andaba muy tieso, muy firme, con la mano derecha puesta en la abertura del chaleco, en una actitud napoleónica.
—¡Aviraneta, Aviraneta!—dijo la gente al verle.
—Tiene cara de masón—murmuró una vieja.
—De masón y de judío—añadió otra.
—Y es bizco...
—Para que sea bueno. ¡Bizco y rojo!...
—¡Jesús, qué horror! Yo creo que debe ser protestante lo menos. ¿Ha visto usted qué mirada nos ha echado, señora Manuela?
—Ese hombre no puede pensar nada bueno. Tiene facha de renegado, de algo prohibido...
Pasaron el regidor y los dos oficiales.
Poco después sonó la oración de las doce, se descubrieron todos, y en un momento, el señor viejo y la señora gorda, las damiselas y los lechuguinos, los milicianos y las muchachas provocativas dejaron los arcos de la plaza desiertos.