juremos por ella

vencer o morir.

Al pasar por delante del viejo, éste les miró furioso y comenzó a decir:

—¡Bárbaros, más que bárbaros!

—Es el libertinaje—exclamaba haciendo aspavientos la señora gorda.

Las damiselas miraron a los lechuguinos riendo.

En esto salieron del arco del Ayuntamiento y aparecieron en la Acera dos oficiales de la Milicia, llevando en medio a un regidor.

De los dos oficiales, el uno era ya viejo, flaco, erguido como un gallo; el otro, joven, moreno, de pelo rizado.

El regidor llevaba casaca obscura de color castaña, con cuello de terciopelo y corte militar, medias negras de seda, pantalón de nanquin y chaleco rojo, a lo Robespierre.

Este regidor era pequeño, rubio, de nariz larga, la mirada atravesada y dura y los ojos azules. Llevaba sombrero redondo y su mentón desaparecía dentro de la corbata, de varias vueltas.