—El señor de Aviraneta—siguió gritando el viejo—es el amo del pueblo; el señor de Aviraneta es el tirano de Aranda, y nosotros, como borreguitos, nos dejamos mandar. Parece mentira—. Las damiselas, al oír la palabra borreguitos, rieron y cambiaron unas miradas de inteligencia con dos lechuguinos que iban tras ellas, y la señora y el viejo siguieron su conversación hasta que acertó a pasar un fraile.
Besaron la señora y el viejo la mano del frailuco y las dos damiselas hicieron lo mismo.
—¿Ha oído usted este bando escandaloso, padre Gabriel?—preguntó el viejo.
—Sí; lo he oído. Mejor, mejor—contestó el fraile sonriendo con cierto maquiavelismo de beata intrigante—. Que tomen medidas extremas. Así se desacreditarán más pronto. Además—y se acercó al viejo poniendo la mano en la boca como una bocina—, sé por buen conducto que van a sacar muy pronto al Rey del cautiverio en que lo tienen los masones de Madrid.
—Hombre... Dígame usted. ¿Y quién, quién dirigirá tan magna empresa?—preguntó el viejo—. ¿Quién será ese noble adalid?
—Uno de ellos es el Cura Merino...
—¡Ah! Ese es un gran paladín... digno de otros tiempos... un verdadero español...
El fraile, con voz afectada, dijo que tenía que visitar a un enfermo muy grave, y se marchó del grupo; la señora y el viejo seguían hablando; las dos damiselas miraban a los lechuguinos, cuando unos cuantos jóvenes milicianos, agarrándose del brazo, comenzaron a cantar una canción nueva que acababa de llegar de Madrid y que decían estaba dedicada al comandante don Rafael del Riego. Al mismo tiempo se metían en los grupos de las muchachas. Ellas corrían riendo, chillando y exagerando el miedo. Algunos milicianos, entusiasmados, cantaban a voz en grito:
Soldados: la patria
nos llama a la lid;