—Es un caso de audacia inaudita—decía un señor viejo dirigiéndose a unas señoras—. ¡Qué afán de mandar tienen estos caballeros liberales!

—Es mucho atrevimiento—replicaba una señora gorda acompañada de dos damiselas.

—Sí, señora; mucho atrevimiento—añadió el viejo irritado—. Ya no se habla aquí para nada de Su Majestad, que Dios guarde.

Y el viejo saludó ceremoniosamente.

—Es el libertinaje—exclamó la señora gorda—. En mi tiempo la vida era otra cosa.

—Había dignidad, había moral, había religión—prorrumpió el viejo—. Hoy no hay nada más que relajamiento y anarquía.

Y el viejo mostró a la señora gorda un grupo de muchachitas provocativas que pasaban agarradas del brazo. La dama desvió la vista como si estuviera en presencia de Satanás.

—¡Qué escándalo!—dijo.

—¿Qué va a ser de la sociedad, señora?—preguntó el viejo—. Esto se hunde. Vamos en derechura al abismo. Antes el Ayuntamiento de Aranda estaba formado por personas respetables, temerosas de Dios... Hoy, fíjese usted quién nos manda, señora, un forastero, un advenedizo, un cualquiera... el señor de Aviraneta; caballero muy conocido en su pueblo y en su casa a las horas de comer. Los arandinos no tenemos vergüenza; no, señor.

—Es verdad, tiene usted razón, don Juan—contestó la dama.