Tras del redoble, el pregonero sacó un papel que llevaba en lo solapa de la casaca, y comenzó a leer con voz gangosa un bando, haciendo unas paradas en su lectura completamente arbitrarias:
«El alcalde corregidor de la villa de Aranda de Duero: Hago saber:»
Aquí el pregonero hizo un redoble pintoresco y caprichoso. Después comenzó la lectura de prisa.
«—Que el jefe político de la provincia de Burgos me ha comunicado que... una corta partida de rebeldes, en número de ocho a diez, al mando del canónigo de la Colegiata de San Quirce, don Francisco Barrio..., anda sacando hombres y caballerías de los pueblos y conspirando contra el sabio Régimen Constitucional... Bien conozco yo la lealtad y fidelidad de los ciudadanos de Aranda, pero como entre ellos se han podido deslizar gentes de aviesa intención interesadas en encender la tea de la discordia, en su consecuencia, ordeno y mando».
Este ordeno y mando mereció los honores de otro redoble.
«Primero. Que todos los vecinos y habitantes de esta villa, sin excepción de personas... me den cuenta de los sujetos que lleguen a sus casas... con especificación de su procedencia, objeto de su venida, paraje adonde se dirigen, y si se hallan o no con sus correspondientes pasaportes.
»Segundo. Que todos los que tengan armas las presenten inmediatamente, bajo la multa de cinco ducados... y en el término de veinticuatro horas, en la casa de don Eugenio de Aviraneta, regidor primero y subteniente de la Milicia Nacional de esta villa... y los de los demás pueblos, en sus respectivas justicias.
Dado en Aranda de Duero a 3 de julio de 1820.»
El pregonero, después de acabar la lectura de la orden del alcalde, redobló de nuevo furiosamente y se dirigió a una de las salidas de la plaza. El Tío Guillotina levantó su tricornio saludando al público y siguió al pregonero.