Aviraneta tuvo que cuidar de la madre y de la niña. La viuda quiso levantarse inmediatamente para ver el cadáver de su marido, y Aviraneta, no pudiendo convencerla con razones, cerró con llave el camarote, y a pesar de las lágrimas y de las amenazas de Mercedes, no la dejó salir.
Los días siguientes, Aviraneta tuvo que estar de niñero, paseando en brazos a la criatura hasta que la madre pudo levantarse.
Después de una penosa travesía, la viuda de Arteaga, su niña y Aviraneta desembarcaron en Burdeos.
Mercedes tenía la idea de trasladarse a Pamplona o a Laguardia. Aviraneta deseaba acompañarla, y con este motivo los tres fueron en la diligencia a Bayona.
Aquí la viuda de Arteaga quiso quedarse unos días a comprar ropas; pero los días se convirtieron en semanas, las semanas, en meses, y Mercedes decidió vivir provisionalmente en Bayona.
Dejó la fonda y marchó a instalarse a una pensión. Se bautizó a la niña en la catedral y fué padrino don Eugenio.
Durante este tiempo, Aviraneta se presentó en Bidart a visitar a Etchepare, y se acercó a Irún, donde pasaba una temporada su madre. Aviraneta quería entrar definitivamente en España; pensaba que más pronto o más tarde intervendría en la política española, aunque por entonces no tenía proyecto alguno.
Mercedes se había acostumbrado a consultar con Eugenio a cada paso. La viuda de Arteaga estaba muy guapa, muy interesante y melancólica.
Alguna vez se le había ocurrido a Eugenio la idea de casarse con ella y convertir a Corito de ahijada en hija, pero pensaba que el recuerdo de Ignacio se le interpondría siempre como una imagen difícil de borrar. Ignacio Arteaga había sido para él de estos amigos a quienes se quiere más que se estima, que son como parte de uno, que estorban a veces, pero que es imposible olvidarlos.