Aviraneta, al llegar de nuevo a Europa, no había cumplido veintiocho años. Su pelo, rubio, comenzaba a clarear y le preparaba una calvicie prematura. Aviraneta tenía aplomo y sabía dominarse. Vestía con elegancia un poco siniestra, que le daba aspecto de viejo.
Aviraneta no tenía proyectos; pensaba que si seguía viviendo en Bayona de aquella manera plácida, era posible que acabase allí su vida de conspirador.
Qué cantidad de necesidad, qué cantidad de casualidad hay en la vida de los hombres, nadie lo sabe.
En este momento el destino no quiso que las grandes facultades de maquinación y de intriga de don Eugenio se perdieran, y produjo una coyuntura para emplearlas.
Visitaba la pensión de la viuda de Arteaga, en donde había una familia española, un cura vizcaíno.
Este cura se relacionó con Mercedes, y por Mercedes se hizo amigo de Aviraneta. Se llamaba don Pedro Ignacio de Gondraondo y había sido párroco de la anteiglesia de Gatica, en Vizcaya.
No era Aviraneta de los anticlericales que tienen antipatía personal por los curas; al revés, se entendía bien con ellos. Gondraondo era hombre amable y servicial, un tanto satisfecho de sí mismo, como buen vizcaíno. Aviraneta y Gondraondo se hicieron amigos. Pasearon juntos, hablaron de su vida anterior, y don Eugenio, para asombrar al cura, le contó su vida de guerrillero con Merino, su expedición con Riego por Europa y sus aventuras de Méjico.
Luego añadió:
—También tomé parte en una tentativa revolucionaria, bastante misteriosa, dirigida por Renovales y Richart.
—Hombre, ¡qué extraño!—exclamó el cura.