—¿Por qué?
—Por que yo también intervine en esa conspiración—contestó Gondraondo.
—¿De verdad?
El cura, efectivamente, había sido amigo de Renovales y tenido ocultos durante unas semanas a los conspiradores en su casa de Gatica. Después del fracaso de la conspiración preparó un barco en Plencia, en el que huyeron los revolucionarios bilbaínos. Los realistas olfatearon la complicidad, y Gondraondo fué perseguido por el Gobierno, y tuvo que emigrar, y quedó arruinado.
Es siempre curioso, cuando dos personas toman parte en un mismo acontecimiento sin conocerse, la distinta manera como lo recuerdan. El cura de Gatica no conocía lo que Aviraneta y el barón de Oiquina habían hecho en Madrid; en cambio, Aviraneta no sabía con detalles lo ocurrido en Bilbao.
—¿Y se sabe lo que ha sido de Renovales?—preguntó Gondraondo.
—Está en Nueva Orleáns; fué a vivir allí después de su expedición fracasada a Méjico. Parece que hizo un convenio con el embajador de Londres.
—Cierto—dijo Gondraondo—; ese convenio se pactó entre Renovales y el duque de San Carlos, y se ha respetado. Según han dicho, el Ministerio no quería aceptarlo; pero el general Eguía, como paisano nuestro y de Renovales, consiguió que se respetase.
Después de hablar de estos sucesos pasados, el cura de Gatica preguntó a Aviraneta si no trataba a los emigrados españoles de Bayona.