—No, no conozco a ninguno—contestó Aviraneta.

Gondraondo citó el nombre de los emigrados que estaban allí. Se encontraba entre ellos Salvador Manzanares; había otros varios a quienes Aviraneta conocía de nombre como afiliados a la conspiración del Triángulo.

—¿Y dónde se ve a esa gente?—preguntó Aviraneta.

—Salen muy poco, y de noche. Están vigilados por el Gobierno francés muy de cerca. Si usted quiere, yo le llevaré adonde se reúnen.

—Bueno, aceptado.

Efectivamente, unos días después, de noche, fueron a una casa vieja del barrio de Saint-Esprit. Entraron en un cuarto pequeño, con un papel rasgado y sucio, en el cual se veían clavados con tachuelas retratos de Lacy, Porlier, el Empecinado y Mina.

En el testero principal, encima de la mesa, había una estampa grande que, por su aspecto, era inglesa.

Representaba a Fernando VII en su trono, vestido de payaso y con un gran gorro puntiagudo de bufón, terminado por una campanilla. En el gorro se leía la palabra superstición. En una mano, el rey tenía un cetro pesado, y en la otra mano, una calavera: España. A un lado de Fernando estaba sentado el Diablo, y al otro, el padre Cirilo, que hablaba al déspota de un modo insinuante. Alrededor del trono se levantaban los patíbulos de Lacy, Porlier, Richart, y la casa de la Inquisición, a cuya puerta un diablillo quemaba un número de El Español Constitucional, el periódico que por entonces publicaban en Londres Blanco White y sus amigos.

El cura de Gatica acercó la lámpara a la pared para que Aviraneta contemplase la estampa.

Luego estuvieron los dos hablando hasta que fueron llegando varias personas. Eran casi todos oficiales huídos de España, por haber tomado parte en las conspiraciones últimas de Barcelona y Valencia.