Los dirigía Salvador Manzanares, oficial de Artillería, muchacho activo, valiente, emprendedor, efusivo y lleno de iniciativas.
La mayoría de los reunidos eran jóvenes; pero no faltaban dos o tres viejos.
Entre éstos se encontraba Sanz de Mendiondo, el Manco, hombre ardiente, oficial de Mina, cómplice de Porlier, que había pasado dos años en la cárcel de La Coruña, de la cual pudo escaparse. Mendiondo seguía animado de un gran entusiasmo, que no le quitaban las enfermedades ni los años.
Manzanares, al saber que Aviraneta había pasado bastante tiempo en Méjico, le explicó los trabajos que se llevaban a cabo en España y las esperanzas que se tenían de que la Revolución triunfase. Don Enrique O'Donnell, conde de La Bisbal, estaba dispuesto a dar el grito, y todo el ejército expedicionario que pensaba el Gobierno enviar a América se hallaba ya comprometido. Hacía unos días que acababa de pasar por Bayona un oficial de Artillería, Rodríguez Acuña, venido de España a avisarles que estuvieran dispuestos.
Aviraneta, en seguida expuso sus observaciones, lo que se debía hacer, las medidas que se debían tomar, todo con la claridad y astucia que le caracterizaban.
La mayoría de los liberales aceptaban los puntos de vista de Aviraneta; algunos se pusieron en contra de sus opiniones. Manzanares fué de los primeros, e indicó a Aviraneta que volviera a la reunión.
A la segunda entrevista, Manzanares le dijo:
—¿Tú puedes entrar en España sin peligro?
—¡Pse! Sin gran peligro.
—¿Tendrías inconveniente en ir?