IV.
OLLOQUI, EL FERRETERO
Había ido a vivir Aviraneta con la Sole a una casa de huéspedes de la calle Mayor, próxima a la plaza de San Miguel.
La casa podía conocerse por este rótulo misterioso que había en la tienda:
SALC IC RÍA D FROI AN CANT
Cualquiera hubiera dicho que esta inscripción era de un idioma de Oriente o de Occidente, misterioso y obscuro; pero no, el letrero estaba puesto en castellano, sólo que se habían borrado unas cuantas letras, y quería decir, sencillamente: Salchichería de Froilán Cantos.
A la puerta de la salchichería del tal Froilán colgaban chorizos y cerdos raspados y embadurnados de pimentón.
Aviraneta veía a sus pies, con la indiferencia de un conquistador, aquellos cadáveres abiertos en canal.
Aviraneta visitaba a su hermana, y con ella solía ir con frecuencia de tertulia a una ferretería instalada en una planta baja de la calle de los Estudios.
Era el ferretero un alavés, de Aramayona, llamado Olloqui, que tenía una familia muy numerosa. Olloqui era hombre de unos cuarenta y tantos años, tenía un hijo ya crecido, que llevaba las cuentas de la ferretería, y tres hijas, muchachas, a cual más sonrientes y alegres. Olloqui era hombre muy entusiasta de su país; hubiera considerado una desgracia que sus hijos no supieran hablar vascuence, y a todos los había enviado al pueblo a que pasaran largas temporadas.
Las hijas de Olloqui, medio madrileñas, medio vascas, tenían un excelente carácter.