Liberales y absolutistas vivían en plena demagogia. Unos y otros tenían que adular al pueblo; unos y otros tenían que escamotear la voluntad popular a su gusto.

En los dos partidos se señalaban los caracteres de la demagogia populachera, el dogmatismo fanático, los celos entre las personas y, en último término, el culto a la fuerza militar.

El dogmatismo fanático provenía de la falta de benevolencia y de elasticidad del español, los celos entre los hombres del mismo partido, de la necesidad de lucirse ante la plebe, de la vida histriónica de los héroes de las masas democráticas y el culto a la fuerza, del convencimiento de que las palabras y los argumentos no tenían valor mas que para los ya convencidos.

La Revolución española fatigaba a todo el mundo; los absolutistas no veían en ella mas que el encono contra la religión; los liberales la encontraban demasiado torpe.

La gente comenzaba a poner la mirada en los militares. Ballesteros, Palarea, el Empecinado, O'Donnell, eran los hombres en quienes se esperaba para dominar la anarquía.

No había vigilancia alguna con los conspiradores. Aviraneta veía a Regato conferenciando con Cecilio Corpas, con Freire y con otros agentes de Quesada y de Ugarte.

Corpas trabajaba al mismo tiempo a favor de los Anilleros y de don Carlos y se entendía con Regato, que representaba su papel de liberal exaltado y no producía sospechas entre sus cándidos compañeros.

El oro de la Santa Alianza y de Fernando corría alegremente entre aquellos pícaros, y Aviraneta se indignaba al ver a sus amigos liberales tan desorientados y tan idiotas.