Entre los constitucionales, los más tímidos eran los Sabios o los del Anillo. Estos, que, como los jovellanistas de años después, no se sabe si llegaron a estar constituídos en sociedad o no, querían modificar la Constitución, convirtiéndola en una Carta otorgada por el rey, suprimiendo la Cámara única y reemplazándola por dos; tras ellos venían los liberales moderados, entonces dirigidos por el Gran Oriente, que eran, en su mayoría, masones; luego, los liberales exaltados, entre los que había masones y comuneros; por último, estaban algunos comuneros republicanos y el grupo de los carbonarios, formado por Gipini, Nepsenti, el ex coronel Latorde y algunos oficiales extranjeros.

Además de éstas se decía que existía una sociedad, dedicada al cultivo de la pornografía, llamada La Bella Unión. Es muy posible que la tal sociedad fuera algún alarde de inmoralismo de la época o una invención de los clericales.

Los absolutistas exaltados no tenían, por entonces, periódicos importantes; publicaban folletos y papeles. Los afrancesados escribían El Censor, redactado por Miñano, Lista y Hermosilla, que se dedicaba a satirizar a masones y a comuneros y a burlarse de los oradores de las sociedades patrióticas.

Miñano era un periodista de mucha gracia y de muy mala intención. Sabía mortificar a una persona sin citarla, como hizo con Alcalá Galiano, en un artículo de El Censor, titulado «Defensa legal de la borrachera y de los borrachos».

Don Sebastián era todo un clérigo. Vivía con una señora, de la que tenía tres o cuatro hijos. Había sido masón, afrancesado, constitucional moderado, apostólico; fué amigo de Soult y de Calomarde y murió años después declarándose en su testamento protestante.

Con grandes relaciones con los hombres de El Censor, los constitucionales tibios publicaban El Imparcial y El Universal, dirigidos por Javier de Burgos.

Los masones tenían El Espectador, que escribía San Miguel y Pidal. El Espectador defendía la política de las logias de los ataques de los absolutistas y acusaba a los periódicos comuneros de exasperar los ánimos y hacer odiosa la libertad de imprenta.

Los comuneros tuvieron, poco después de fundarse, El Eco de Padilla, y al último, El Zurriago y La Tercerola, que atacaban a derecha e izquierda con procacidades e insultos.

Cada fracción constitucional tenía su color predilecto: los liberales puros y sin mezcla, el verde; los masones, el azul, y los comuneros, el morado, que recordaba el color del pendón de Castilla.

De los hombres de la Revolución ninguno gozaba de completo prestigio. Argüelles, Martínez de la Rosa y Toreno lo habían perdido entre los exaltados; de Riego se hablaba entre los hombres de orden como de un botarate incapaz. Se daba como cierto el hecho de que en el teatro, en Madrid, se había puesto a cantar desde un palco el Trágala. Otros decían que no había sido él, sino un ayudante suyo. Aviraneta no había conocido a nadie que hubiese presenciado esta escena, y, sin embargo, la cosa pasaba como cierta, como uno de tantos detalles que desacreditaban a Riego y lo pintaban como un mequetrefe ridículo.