Para mayor lío y obscuridad, surgía la división entre masones y comuneros, que se dedicaron a desacreditarse mutuamente.
Los comuneros abominaban de los masones, a quienes llamaban pasteleros:
Aunque se disfracen
esos pasteleros,
ya los conocemos.
Los masones acusaban a los comuneros de estar protegidos por los absolutistas, y de recibir dinero de Fernando y de la Santa Alianza.
Desde el negro profundo al rojo más subido, había una porción de grupos y sociedades medio públicas, medio secretas. La primera en las filas de los feotas era El Angel Exterminador, sociedad absolutista y teocrática, que duró hasta la muerte de Fernando VII y que, unas veces valiéndose de denuncias y otras por medio de sus hombres, produjo miles de víctimas. La Concepción, otra sociedad teocrática, no llegó a tener la importancia del Angel Exterminador.
En septiembre de 1825, El Angel Exterminador celebró una gran junta en el monasterio de Poblet, dirigida por el arzobispo Creux, a la que asistieron 127 prelados y el vicario general de Barcelona. Esta junta tenía por objeto organizar matanzas de liberales en Cataluña. Según informe dado a la Audiencia de Barcelona, desde 1823 al 25, El Angel Exterminador había producido la muerte de 1.828 liberales en las posadas y en los caminos. Esta sociedad fué también la que provocó el levantamiento de Jorge Bessieres, en la Alcarria; la de los Agraviados, en Cataluña; la que tendió un lazo a Torrijos y a sus compañeros, por intermedio del general González Moreno, y la que se alió con Calomarde para traer a Don Carlos.
Después de los absolutistas clericales de El Angel Exterminador y de La Concepción venían los carlistas, en donde los partidarios de la teocracia pura estaban mezclados con los cortesanos; luego, los absolutistas fernandinos, y, por último, los absolutistas afrancesados, que más tarde inventaron la frase del absolutismo ilustrado.