III.
CONFUSIÓN
Aunque sin dar gran importancia al consejo amistoso de Salvador Manzanares, Aviraneta quiso, durante algún tiempo, tomar el pulso a Madrid y ver si de la baraúnda de opiniones de unos y otros se sacaba algo en limpio.
Pronto pudo ver que no se sacaba nada. La agitación producida por el movimiento revolucionario era todavía superficial: no llegaba a la gran masa del pueblo; únicamente la clase media y parte del ejército aceptaban las ideas liberales. Además, entre éstos había muchos constitucionales y asiduos asistentes a las logias y a las sociedades patrióticas por motivos de medro personal.
Los directores del movimiento eran todos oradores y de una mentalidad semejante.
Es indudable que en los períodos políticos de trascendencia de un país los tipos representativos se parecen. El momento presta a los hombres una fisonomía moral casi idéntica.
¿Es que la naturaleza tira en algunas épocas una edición numerosa de ejemplares humanos, o es que estos ejemplares existen siempre, pero no tienen ocasión favorable de desarrollarse mas que en determinadas circunstancias? No lo sabemos. El caso es que, en este período, todos los tipos salientes estaban cortados por el patrón del militar o del orador. Cierto que entre ellos había gente de talento y de inventiva; pero eran los que tenían menos influencia. Pesaba demasiado la tradición y la costumbre, para que las lucubraciones de un político original influyeran en el medio ambiente.
La Revolución española era como un carro pesado tirado por mariposas; no podía avanzar.
Algunos de los oradores célebres de la época conocían a fondo las bases del sistema constitucional; otros muchos hablaban de oídas, y sus discursos tenían el aire de improvisaciones de estudiantes traviesos. A cada paso se oía citar a Rousseau, a Montesquieu, a Maquiavelo, y los que no estaban muy seguros de sus citas se defendían hablando de la Constitución, código inmortal de las libertades patrias; de la Prensa, esa palanca del progreso; del ejército, brazo defensor de la soberanía nacional, etc., etc.
Los más jóvenes citaban con preferencia a Benjamín Constant y a Jeremías Bentham, que iban tomando en España una fama inmensa entre los eruditos y doctrinarios de la política liberal.
Con tanta oratoria, más o menos elocuente, la confusión era completa, un verdadero caos; había orador de la Fontana y de la Cruz de Malta que defendía tesis ultrarrealista, creyendo defender las ultraliberales, y el público, que se tenía por liberal, sin poder distinguir unas de otras, las aplaudía con entusiasmo.