Manzanares se echó a reír. En esto entraron en la pastelería unos cuantos señores.
—La redacción de El Censor—dijo Manzanares.
Era la junta de abates afrancesados y sus amigos. Estaban Reinoso, Lista, Hermosilla, Miñano, Narganes, Javier de Burgos y otros.
Comenzaron a hablar, burlándose de las necedades y exageraciones de los exaltados con cierta gracia erudita y clerical. Sobre todo, don Sebastián Miñano se distinguía por su crítica satírica.
—¡Es gente que me molesta!—exclamó Manzanares en voz alta—. Si para valer un poco necesita uno ser un canalla, realmente no se gana en el cambio. Se burlan de nosotros. ¿Pero qué hacen ellos? Han servido a Bonaparte; ahora son absolutistas y enemigos de la Constitución; mañana serán cualquier cosa, si les pagan.
Miñano miró a Manzanares con impertinencia, y Salvador dijo:
—Estos clérigos renegados me repugnan. ¡Vámonos!
Dicho esto, Manzanares y Aviraneta salieron de la pastelería.