Merino no salía aún de su escondrijo, pero se movían sus secuaces en la sierra de Burgos. En Barbadillo del Mercado había aparecido una partida de trescientos hombres dirigida por uno a quien llamaban el Trajinero de Caraza, y hacia Salas merodeaba un grupo de paisanos mandado por Isaac el Ballenero.

Aviraneta se hubiera quedado a vivir en Madrid con la Sole, si el Empecinado no le hubiese llamado para que le acompañase en la persecución de las partidas de Aragón y Castilla, capitaneadas por Capapé, Rambla, Chambó, y otros jefes.

La Sole quiso convencer a don Eugenio de que no debía ir a la guerra.

—¡Podríamos vivir tan bien los dos juntos aquí!—le decía.

—Sí, es verdad—replicaba él—; pero, ¡qué quieres, hija mía!, no hay más remedio.

Dejando a la muchacha muy desconsolada, Aviraneta partió para Aragón a incorporarse a las fuerzas que peleaban contra los facciosos.

La lucha con estas partidas realistas era muy difícil. Empecinado con sus tropas hacía por aquellas tierras el mismo papel que los franceses durante la guerra de la Independencia; no disponía de buenos guías ni le daban informes exactos; por el contrario, le engañaban y le hacían perder el tiempo.

Esta sublevación de los campos, apoyada desde el Palacio Real de Madrid, era imposible de vencer si no se le hería en la cabeza.