A pesar de esto, siempre temía que, al cerrarse uno de los caminos, su vida quedara sin objeto y sin plan.

Aviraneta buscó recomendaciones para cumplir bien su misión; Gipini, el dueño de la Fontana de Oro, le llevó a casa de Gaspar Colombi, un milanés que vivía en Madrid dedicado a negocios de relojería. Colombi era carbonario y estaba muy relacionado en Francia e Italia, y pensaba también marchar a París.

Colombi y Aviraneta se citaron para una semana después en París, en el café Foy, del Palais Royal.

Aviraneta recogió el dinero del Ministerio y advirtió a la Sole que se marchaba.

—¿A París?—preguntó ella.

—Sí.

—¡Ah! Yo también—dijo ella.

—No digas locuras.

—No, no. Si tú vas a París, yo voy contigo. A mí no me dejas sola.