—Convendría que enviara usted la correspondencia a algún amigo de la frontera, y que de la frontera la pasaran a San Sebastián. Aquí la entregarán al jefe político, y éste me la remitirá.
—Todo eso se hará como usted indica—dijo Aviraneta.
—Bueno; pase usted mañana por aquí y le daré el dinero necesario y los papeles.
—Muy bien.
—¡Señores, hasta la vista!—exclamó el ministro, y tendiendo las dos manos al mismo tiempo, estrechó las de Aviraneta y el Empecinado y volvió a su trabajo.
LIBRO SEXTO
PARÍS EN 1822
I.
DE MADRID A BIDART
Muchas veces Aviraneta se quejaba de no tener una obra que realizar. El Gobierno le abandonaba, no le había encomendado nada, no le había aceptado como militar. Sin embargo, pensando en su vida no tenía más remedio que reconocer que cuando se cerraba un camino ante él inmediatamente se abría otro nuevo.