—A usted, don Juan Martín—dijo don Evaristo—, le enviaremos a Aragón y a Castilla a luchar contra los facciosos. Ya hablaremos López Baños y yo, para ver la manera de reforzar las columnas, y ordenaremos a Zarco del Valle que se aviste con usted, para que los dos obren en combinación.
—Está bien. Estoy siempre a las órdenes del Gobierno. Donde me llamen para defender la Libertad allá estaré.
—Gracias, don Juan, en nombre de España.
—De mí pueden servirse para todo, siempre que sea en bien del país.
—¡Gracias! ¡Gracias! ¿Usted, Aviraneta, quiere ir a París?
—Si me manda usted, ¿por qué no?
—Bien. Irá usted a París en seguida. Se pondrá usted al habla con los liberales y revolucionarios de allá. Me dirá usted si están dispuestos a hacer algo, si tienen fuerza y pueden trabajar contra la intervención que Francia piensa ejercer aquí, impulsada por la Santa Alianza.
—Está bien.
—Si puede usted averiguar qué agentes tienen los absolutistas en Madrid, me lo comunicará usted.
—Bueno.