Entraron en el Palacio, y Aviraneta preguntó a un portero por la Secretaría de Estado. Indicó el portero dónde se hallaba y siguieron avanzando.

El Empecinado estaba cohibido.

—No sea usted así, don Juan—le dijo Aviraneta—; usted vale más que toda esta gente junta.

Entraron en una antecámara, donde Aviraneta vió a Juan Van-Halen, que había venido a Madrid desde Cataluña, de parte de Torrijos, a recibir órdenes del Gobierno.

Al anunciarse el Empecinado y Aviraneta, el ministro les pasó inmediatamente a su despacho y les recibió con gran amabilidad. Era don Evaristo hombre chiquito, vivo, miope, con un aire de poeta más que de militar.

—Tengo verdadero placer en saludar a don Juan Martín en el Ministerio—dijo—. ¡Ah! No pueden ustedes figurarse lo desagradable que es ser ministro. No hace uno mas que recibir peticiones, memoriales... Este es un país de mendigos.

San Miguel, como todos los militares de carrera, no era amigo de los guerrilleros, pero hacía una excepción en favor del Empecinado por su carácter popular. Todos los sublevados del año 20 eran de carrera; se tenían a sí mismos por cultos y distinguidos, y consideraban a los guerrilleros como gente levantisca e intrusa en el ejército. Ni el Empecinado, ni Mina, ni Jáuregui, ni don Tomás Sánchez se salvaron de esta animadversión.

Don Evaristo, al ofrecimiento del Empecinado, hecho por boca de Aviraneta, dijo:

—Puesto que vienen ustedes ambos a ofrecer sus servicios al Ministerio, permitan ustedes que el Ministerio, representado por mí en este momento, separe los miembros de la Sociedad Empecinado-Aviraneta, y a cada uno de ustedes dé una misión aparte.

—Usted manda—dijo con sencillez el Empecinado.