Quería el Empecinado escribir a don Evaristo San Miguel, alma del nuevo Ministerio, ofreciéndose.
Don Evaristo había estado siempre muy amable y atento con don Juan Martín.
Aviraneta escribió a San Miguel, y el ministro contestó citando al Empecinado en su secretaría.
Al Ministerio San Miguel se le consideraba masón; el Empecinado pertenecía a la sociedad de los comuneros; pero don Juan posponía las pequeñas enemistades de las sociedades rivales al triunfo de la causa liberal.
—Bueno, nos presentaremos al ministro—dijo Aviraneta.
—¿Cuándo vamos? ¿Mañana?
—Sí, mañana por la mañana.
Se citaron al día siguiente delante del Palacio Real y estuvieron los dos contemplando las ventanas abiertas del edificio.
—¿Qué hará ahora nuestro despreciable soberano?—dijo Aviraneta—. ¿A quién estará engañando?
—Sí, yo también temo que sea un miserable—repuso el Empecinado—. ¡Qué chasco nos hemos llevado!