En este corto trayecto se encontró Aviraneta sorprendido con un español que parecía navarro, que de cuando en cuando gritaba: «¡Viva el rey! ¡Viva Dios!»
El tal navarro vivía en Pamplona. Los pamplonicas son un poco pedantes, y aquél, que lo era en grado sumo, creía que su grito «¡Viva Dios!» era un hallazgo.
Cuando lo daba miraba a todos los viajeros, como diciendo: ¡Eh! ¿Qué les parece a ustedes mi adquisición?
Un francés gordo y mofletudo, con patillas y un sombrero a la Bolívar, lo contemplaba de cuando en cuando con unos ojos abultados de rodaballo.
Aviraneta se cansó de este grito desafiador, y le preguntó al pamplonica:
—¿Qué grita usted tanto?
—Grito: ¡Viva Dios! ¿Está mal?
—¡Pse! No sé.
—¿Cómo que no sabe usted?