—No. Yo no conozco a ese ciudadano.

El pamplonica miró a Aviraneta, asombrado, indignado, en el colmo del estupor.

Aviraneta contó al francés gordo y apoplético del sombrero a la Bolívar lo ocurrido, y a éste le hizo una gracia tal, que empezó a ponerse rojo y a reírse con un hipo estruendoso. El navarro, enfurruñado, miraba a Aviraneta y al francés con horror.

El navarro era uno de los milicianos de Pamplona, que habían escapado de la ciudad después de un choque que tuvieron con la tropa, en donde los soldados gritaban: «¡Viva Riego! ¡Viva la Libertad!»; y los milicianos contestaban: «¡Viva el Rey! ¡Viva Dios!» De este choque resultaron veinte muertos y treinta heridos, y la disolución de la Milicia Nacional. Aquel navarro era uno de los ¡Viva Dios!, de Pamplona.

Al llegar a Bidart, Aviraneta bajó con la Sole de la diligencia, y dejando a la muchacha en la posada, se dirigió en línea recta al caserío Iturbide, propiedad de Etchepare.

Etchepare estaba gravemente enfermo de hidropesía. Se encontraba, como de costumbre, solo en su jardín, envuelto en una manta. Una mujer de un caserío de al lado le llevaba el alimento necesario y le sacaba en un sillón con ruedas a tomar el aire. Etchepare, al ver a Aviraneta, le preguntó cómo seguía la revolución en España, y escuchó con gran detenimiento lo que le contó su sobrino. Después oyó la explicación de los proyectos que Aviraneta llevaba a Francia.

—Y usted, ¿cómo está?—dijo de pronto Eugenio.

—Yo tengo vida para pocos días.

—¡Bah! No tenga usted aprensión.