—No tengo aprensión; estoy malo, muy malo, y ya que estás aquí y vas a París te voy a hacer un encargo. Llévame hasta casa.

Aviraneta empujó el sillón de ruedas y llevó a su tío hasta la entrada de la casa, y pasó el sillón adentro. Etchepare se acercó a una mesa, sacó un paquete, donde escribió algo, y entregándoselo a su sobrino, dijo:

—Cuando llegues a París lleva este paquete a su destino. Ahí encima están escritas las señas.

—¿Nada más?

—Nada más. Ahora sácame de nuevo al jardín.

Aviraneta lo hizo así, y continuaron tío y sobrino la conversación. Poco después vino el médico que visitaba a Etchepare, un viejo mayor del ejército imperial, retirado en Bidart. Aviraneta se despidió de Etchepare.

—Hasta la vista, tío—le dijo.

—Probablemente, si no vienes muy pronto, hasta siempre. Cuando vuelvas, yo no viviré.

—No diga usted eso.

—Lo verás.