III.
LA CONDESA DE RUPELMONDE
Concluída su misión en Bayona, la Soledad y don Eugenio tomaron de nuevo la diligencia.
La admiración de la Sole crecía de punto al internarse en Francia. El viaje por tierra extranjera le parecía un sueño.
Las gentes que tomaban y dejaban la diligencia, los cochecitos con que se cruzaban en la carretera, los carros de los saltimbanquis, los gendarmes, las casas con flores, los jardines en donde jugaban unos niños o un señor gordo regaba, el castillo con sus torres y tejados puntiagudos y su camino enarenado, el río o el mar que se veía a los lejos, todas eran sorpresas para la Sole, todos descubrimientos que tenía que mostrar a don Eugenio.
De noche las impresiones eran para ella también admirables. Se llegaba a algún pueblo; paraba la diligencia en una callejuela tortuosa, delante de la puerta de una posada llamada el Dragón Azul, las Armas de Francia o el Buen Caballero; se cruzaba un patio mal iluminado, en donde se veían galeras, camiones, carrozas, tílburis, montones de heno, cajas de frutas, de ostras, de pescado seco, banastas de arenques y barricas de vino, y por una escalera, precedidos de una criada con una palmatoria en la mano, se llegaba a una galería que daba la vuelta al patio y se penetraba después en una sala iluminada con un candelabro, y una alcoba en el fondo adornada con cortinajes.
—¡Qué miedo tendría si viniera sola!—exclamaba la Soledad, y el sentirse protegida era para ella una de sus mayores satisfacciones.
Todo el viaje la muchacha fué así encantada.
Al llegar a Burdeos, Aviraneta se encontró con que uno de sus parientes de Méjico, don Pedro Pascual de Ibargoyen, se había instalado allá, en unión de un primo de Aviraneta, llamado Francisco Berroa.
Don Eugenio preguntó a sus parientes qué se hablaba allí de política española; pero éstos no se ocupaban mas que de sus negocios. No pudo encontrar en Burdeos grandes datos para cumplir la misión que llevaba, y Aviraneta con la Sole siguió inmediatamente a París. Llegaron por la mañana, con un calor sofocante. Tomaron un coche y fueron al hotel de Embajadores de la calle de Santa Ana.
El amo del hotel era desde antiguo amigo de Aviraneta, y estaba afiliado a la masonería.