«A la señora condesa de Rupelmonde.—Calle del Infierno, 23, hotel.»

¿Qué demonio tendría que ver el republicano Etchepare con aquella condesa?

Aviraneta tomó un coche a la puerta de su hotel, cruzó el Sena por el puente de las Artes, y luego, por un laberinto de vías estrechas y sucias, llegó a una calle próxima al Val de Grace, la calle del Infierno. Aviraneta pagó al cochero, y antes de llamar en el hotel estuvo contemplando la calle, desierta y abandonada, entre cutre cuyas piedras nacían manchones de hierba. Miró al reloj: eran las diez y media. Le pareció que quizá sería demasiado temprano para visitar a una dama de la aristocracia, y pensó en hacer un poco de tiempo, paseando. Esta calle del Infierno, donde estaba la casa, terminaba en la plaza d'Enfer, plaza irregular que se continuaba por la barrière d'Enfer.

El barrio aquel era de conventos. A un lado estaba el Val de Grace, convento de Benedictinas fundado por Ana de Austria; cerca, el convento de Port Royal, notable por la protección que dispensaron las monjas a los jansenistas; a un paso, las Ursulinas, las Feuillantines...

Aviraneta recorrió el barrio y se acercó de nuevo al hotel de la calle del Infierno. Era éste pequeño, de piedra, con dos pabellones de color negruzco; el tejado, puntiagudo, y las ventanas, sin maderas.

Aviraneta llamó; sonó a lo lejos una campana, y poco después apareció un criado viejo, que le preguntó en voz baja qué deseaba. Aviraneta le explicó que traía un encargo para la condesa de parte del señor Etchepare de Bidart.

—Etchepare... Bidart...—murmuró el viejo—. Espere usted un momento.

Entró Aviraneta en el portal, se sentó en un banco y esperó unos minutos. Volvió el criado, pasaron una puerta vidriera y subieron una gran escalera de mármol, alfombrada en el centro.

El criado hizo pasar a Aviraneta a un saloncito en donde había una señora de pelo blanco como la nieve, vestida de luto.

Esta señora, de aire imponente, tenía el rostro joven, a pesar de la blancura del pelo, y la mirada llena de brillo.