Cugnet siguió con sus preparativos; pero vió claramente que no tenía fuerza ni medios para organizar una columna de tres mil hombres, y entonces, abandonando este proyecto y en unión de los comuneros, ideó el plan de tomar Zaragoza con cuatrocientos hombres de infantería y cien de a caballo y proclamar la República. Cugnet fué a Madrid, volvió a Zaragoza, habló a todo el mundo de sus proyectos, y en esto el jefe político Moreda le mandó prender.
Al ir a echarle mano, un patriota le suministró un pasaporte y Cugnet se dirigió a Francia, y en el camino de Olorón, entre Jaca y Canfranc, le prendieron con cuatro o cinco compañeros y le encontraron unas proclamas absurdas, en las que se llama generalísimo y presidente del Gran Imperio. Cugnet estuvo unos meses en la cárcel, volvió a salir y fué al Languedoc.
Después de contarme sus aventuras, Cugnet me aseguraba que los oficiales franceses le habían denunciado al embajador de Francia en Madrid, monsieur de la Garde, y que éste había comprado al gobernador de Zaragoza, Moreda.
Yo le pregunté:
—¿Con qué individuos de la sociedad de los Comuneros se ha entendido usted?
—Con Morales, Romero Alpuente, Moreno Guerra y, sobre todo, con Regato, hombres sin tacha.
—Pues ahí tiene usted a los traidores. Esos le han tendido el lazo.
—¿De verdad?
—De verdad.
—¿Lo juraría usted?