Aviraneta no se fijaba en nada. Estaba en su elemento, en la acción. Marchaba como un búfalo a través de las selvas, embriagado por sus aventuras.

Unos días después de presentarse en la Venta Carbonaria, Aviraneta escribió al ministro:

«Amigo S.: Me he enterado de que se encuentra aquí un oficial del Imperio, Cugnet de Montarlot, y me he propuesto verle. Cugnet, como quizá no ignore usted, ha sido fundador de sociedades secretas en Francia y ha dado que hablar últimamente con una supuesta conspiración tramada por él en Zaragoza hace unos meses. Cugnet, ahora, ha ingresado en el Carbonarismo, y por sus colegas he sabido que la manera de comunicarse con él es dejarle un recado en casa de un administrador de coches de París a Saint-Denis, que vive en la calle de Saint-Denis, 374.

Se ha avisado a Cugnet, y por la noche ha venido a verme a casa.

Me ha dicho lo que ocurrió en Zaragoza el año pasado. Cugnet estaba al servicio de algunas sociedades francesas liberales que luego han entrado en el Carbonarismo, y había ideado el plan de formar una columna republicana de tres mil hombres con españoles, franceses y napolitanos y entrar con ella en Francia por el Rosellón, ocupando plazas fuertes y defendiéndose en éstas.

Cugnet había pensado en nombrar comandantes a los militares extranjeros republicanos refugiados en España: a Nantil, oficial de artillería, de talento, que se encontraba en Bilbao; al barón Guillermo de Vaudoncourt, que estaba en Valencia; a Delon y a Fabvier, que se hallaban en Madrid, y a Pachiarotti, que acababa de llegar a Barcelona. Luego de organizar la columna, y en marcha, pensaba ofrecer el alto mando al general Riego.

Los militares franceses consultados escribieron a Cugnet pidiéndole detalles de la empresa, y éste contestó que todo iba preparándose y que se anunciaría el día de la reunión.

Vaudoncourt, que no tenía mucha confianza, escribió a Riego para advertirle la precipitación de Cugnet de Montarlot y rogarle que evitase un movimiento prematuro y parcial.

Le decía que la frontera del Rosellón era muy estrecha, obstruída de fortalezas, y que no sería fácil batir con pocos hombres las guarniciones de Perpiñán, Bellegarde, Prats de Mollo, Mont Louis, Collioure, etc.

Riego, enlazado con un compromiso con el Gobierno, contestó al requerimiento que le hicieron diciendo que no sería el primero; pero que si se hacía el movimiento invasor hacia Francia se uniría a él.