Aviraneta dió las señas de su casa, y los siguientes días fueron varias personas a informarle. Entre ellos, los dos hermanos Bonaldi, cantores de ópera, afiliados a los Carbonarios y que llevaban la misión de fundar ventas en Barcelona; un tal Lugo, antiguo cónsul de España en París, dueño de un café de un pueblo de los Pirineos, que se ofrecía a servir de intermediario; un tal Pérez, español, que vivía enfrente del Banco y visitaba mucho a Lafayette, y un señor, Grandmaison, negociante de la calle de Nuestra Señora de Loreto, que enviaba paraguas, sombrillas y abanicos a España.

Aviraneta no descuidó el presentarse en el Gran Oriente masónico del rito escocés. Tuvo que pasar por todas las clásicas ceremonias, un poco cómicas, de la masonería: marchar con los ojos vendados, estar tendido debajo de una tela negra, sentir las dos hojas puntiagudas de un compás en el pecho, viajar, arrodillarse, ir de Oriente a Occidente y pronunciar la palabra del pasado Milbihg y la palabra sagrada Mac Benak.

Después de estas mojigangas Aviraneta supo que en la logia estaba lo más ilustre de Francia: Lamarque, Raspail, Aragó, Lafitte, Armand Carrel...

Como en París no había hostilidad entre masones y carbonarios, Aviraneta se presentó en la Venta Carbonaria y fué desde entonces uno de los Buenos-Primos.


VI.
CUGNET DE MONTARLOT

Aviraneta necesitaba un escribiente para su gran correspondencia, y pidió uno en la Venta Carbonaria. Le enviaron un viejo italiano, José Pantanelli, que sabía el español, el francés y el inglés. Pantanelli era un viejecillo pequeño, de ojos azules y pelo blanco. Era de Cremona. Estaba afiliado al Carbonarismo; pero no parecía un hombre muy terrible.

La Sole y él se conocieron y se entendieron muy bien. El viejo era muy ceremonioso, y llamaba a la muchacha Excelencia. Se contaron mutuamente su vida, y Pantanelli llevó a su nieta al hotel de Embajadores para que le viera la Soledad.

La Sole tendía hacia el aristocratismo rápidamente; se vestía cada vez mejor, arreglaba su cuarto con mucho gusto, con las chucherías y estampas que le compraba don Eugenio, y se iba haciendo una damisela elegante.