El objeto de esta sociedad es expulsar a los Borbones y derrotar a la Santa Alianza.

La Alta Venta Carbonaria de París pretende ser el centro de los liberales de España, de los radicales de Inglaterra, de los carbonarios de Italia y de los griegos sublevados contra los turcos. Hay comités para favorecer la revolución griega, española e italiana, y se intenta formar una Liga latina de los pueblos para oponerla a la Santa Alianza. Creo que el Gobierno español no debe desdeñar a esta sociedad, sino relacionarse con ella, aunque los masones se opongan. Los informes de los carbonari serán buenos, y sus hombres, como más jóvenes y decididos que los masones, pueden servir de mucho.

El origen de esta sociedad es un tanto fantástico. Unos suponen que procede del tiempo en que los hombres del partido gibelino, de Italia, tenían que refugiarse en los bosques; otros aseguran que la fundó San Tibaldo o Teodobaldo, monje, de Sarrebruck. Los masones aseguran que la secta carbonaria es moderna, pues su parte de mitos religiosos se inspira en el cristianismo, y no en el judaísmo, como la masonería.

Los carbonari, que no han suprimido los mitos simbólicos, llaman al Gran Oriente, Gran Firmamento; Gran Elegido, al Gran Maestre, y tienen sus iluminados y sus venerables. Para ellos, Ausonia es el bosque feliz; los corderos son los buenos, y los lobos los tiranos.

Todo este simbolismo primitivo ha desaparecido en la adaptación francesa.

El origen de la adaptación es éste:

Durante la Restauración aparecieron en Francia muchas sociedades secretas. En su principio, todas eran militares y bonapartistas, como formadas por oficiales del Imperio. Luego, más tarde, estas sociedades fueron creciendo con el concurso de paisanos masones, partidarios en su mayoría de la República.

En 1820 existían dos sociedades importantes: Los Caballeros de la Libertad y los Amigos de la Verdad.

Tras de una conspiración tramada por esta última, la mayoría de sus socios escapó de Francia, y un oficial llamado Dugied fué a Nápoles y se hizo carbonario.

Volvió Dugied a París con la idea de que había que implantar aquí el carbonarismo, y habló de esto a todos sus amigos, hasta que los convenció.