—Una mujer tan bonita como usted siempre encontrará quien la ofrezca, no una morada, sino un trono—le dijo el joven.

La Sole le miró por entre sus lágrimas y no contestó.

Al despedirse, el joven dejó su tarjeta, en donde Soledad pudo leer:

EL MARQUÉS DE VIEUZAC

El marqués pidió a la Soledad permiso para escribirla, y la Sole se lo concedió.

El saber que Aviraneta era un bandido no aminoró en nada la simpatía que tenía por él la Soledad.

Esta no le habló de la visita del marqués, empleado en el Ministerio; le dijo únicamente que había gente que preguntaba por él en la portería y que le espiaba.

—La gente de la calle de Jerusalén—dijo Aviraneta, como si el hecho no tuviera importancia.

—¿Quién es esa gente?

—La policía—contestó él con indiferencia.