La Sole hubiera llegado a querer a Aviraneta si éste hubiese sido como las demás personas; pero don Eugenio no paraba en nada: su imaginación estaba siempre en movimiento.

La Sole comenzó a unir la desilusión de no atraer al hombre con quien vivía con el miedo.

Al principio, no; pero poco después comenzaron a presentarse en el hotel tipos de malas trazas a preguntar por Aviraneta. Eran de la policía. Algunos no se contentaron con hacer preguntas al portero, sino que fueron a interrogar a la Soledad.

La muchacha quedó aterrada.

El jefe de aquellos hombres era uno a quien Pantanelli llamaba el Espión, y la Soledad, también, creyendo que éste sería su nombre. El Espión era un tunante de unos cuarenta años, fuerte y rojo. Tenía la cara irónica y juanetuda, los ojos hundidos y las patillas rojas. Vestía levita larga, chaleco negro, corbata de muchas vueltas y sombrero de copa de alas anchas, a la Bolívar. Gastaba un garrote, sobre el que se apoyaba en una actitud cínica y desafiadora. A las órdenes del Espión andaban dos hombres que, según dijo el mozo del hotel, eran dos finos sabuesos de la policía: el padre Chicard y Gargouille.

El padre Chicard era un viejo pálido y muy pequeño, tan rapado, que no tenía apenas cuerpo. Vestía una hopalanda desteñida y andaba deslizándose como una sombra. El padre Chicard solía estar tan ensimismado, que nadie le hubiera tomado por un espía. A veces su mirada se iluminaba con una sonrisa irónica y aguda.

Gargouille era un pequeño monstruo: tenía una cara de sátiro alegre y cómica, una nariz como una trompeta, por encima de la cual se pasaba los dedos como para quitarla el polvo o espantar una mosca, y un paso grotesco, como el de los cómicos de melodrama y los cantantes de ópera.

El padre Chicard y Gargouille solían estar los dos en frente del hotel de Embajadores a la puerta de una casquería, en la que había unas cabezas de ternera muy pálidas y melancólicas en el escaparate.

Un día se presentó un joven rubio, elegante, que sabía algo de español. Este joven era secretario del Ministerio del Interior, y tuvo una conferencia con la Sole. El joven le dijo que Aviraneta era un carbonario, que tenía una misión secreta y espantosa; que lo mejor que podía hacer era abandonarle. La Sole se echó a temblar.

—¡Qué voy a hacer yo, Dios mío!—dijo llorando.