Unos días después volvieron los de la policía y pasaron largo tiempo en el portal.
Aviraneta no quería encontrarse con ellos, y le dijo a la Sole que, cuando estuvieran los hombres de la calle de Jerusalén en acecho, atara un pañuelo blanco en el hierro del balcón. Entonces él le mandaría un aviso diciéndole en dónde le podía encontrar.
Si en vez de esperarle nada más los de la policía, querían prenderle, la Soledad pondría un pañuelo rojo, y en seguida escribiría una carta diciéndole lo que pasaba a la librería de Eymery, y la enviaría por el mozo del hotel.
La Soledad tenía mucho miedo al Espión y a los hombres de la calle de Jerusalén; pero prometió hacer las señales que le pedía don Eugenio.
Un día Aviraneta se enteró por el dueño de la fonda que el joven rubio entraba en su cuarto. Un domingo por la mañana, en que Soledad se preparaba para ir a misa, Aviraneta se hizo el dormido, y cuando se fué la muchacha saltó de la cama, abrió con el cortaplumas un armario donde ella tenía su ropa y encontró dos cartas del marqués de Vieuzac. En una de ellas el marqués le hacía grandes protestas de amor; en la otra le decía que no tuviera miedo a Aviraneta, porque si ella quería, él contaba con medios para prenderle, formarle un proceso y enviarle deportado para siempre.
Aviraneta castañeteó los dedos, y murmuró:
—¡Diablo!
Don Eugenio esperó a que volviera la muchacha, para tener una explicación con ella.
Entró la Soledad una hora después, y Aviraneta le dijo lo que había descubierto. Ella, llorando, le confesó que era verdad; pero que no le quería al marqués; que lo que estaba deseando era volver cuanto antes a España, y que él dejara aquellos asuntos políticos tan peligrosos.