Aviraneta se acercó a una casa próxima que se llamaba Beguibelchenea, y la mujer de este caserío salió con las llaves a abrir las puertas de Iturbide.

—¿Es usted el sobrino del señor Gastón?—le preguntó la mujer.

—Sí.

—¿Qué piensa hacer con esta casa?

—¿Yo?

—¿Pues no sabe usted que es el heredero?

—No, no lo sabía.

—Vaya usted a ver al notario, a San Juan de Luz; le tendrán que leer el testamento.

—Iré después.

La de Beguibelchenea y Aviraneta entraron en Iturbide. Aviraneta recorrió las habitaciones, estuvo en la biblioteca y luego bajó al jardín donde paseaba su tío.