«Mi querido don Ugenio: Esta es para adbertirle que an benido muchos onbres de la calle de Jerusalén con el Espión a buscarle a usted y que me boy con el señor marqués de Vieuzac porque no puedo bibir así y tengo mucho miedo don Ugenio y usted no me quiere y si usted me quisiera yo no me hiría, aunque me dieran todo el oro del mundo y un palacio, pero usted no me quiere, por que quiere a la Teresita la hija de don Francisco el juez de Aranda y yo deseo que se case usted con ella y sean felices. A usted no le importará pero estoy llorando a todas oras porque boy a bibir con un francés. Don Ugenio, le agradezco mucho lo que a echo por mi y si usted me ubiera querido un poco, yo ubiera bibido con usted siempre, siempre, por que usted es bueno, aunque dicen que no y que es usted enemigo de dios y de la rreligión.

»Adios don Ugenio adios adios. Ya rezaré todos los días por usted para que sea feliz. Los pañuelos planchados de usted los han traido oy y están en el armario a la izquierda. Perdone usted la letra.—Su segura serbidora, Soledad Castrillo

Aviraneta, al leer la carta, quedó sorprendido y entristecido. La Sole era una muchacha buena y simpática, a quien iba tomando cariño.

—En fin—murmuró—, es lo mejor que le podía pasar. ¿Quién sabe si dentro de unos años veremos a la Sole hecha una madame Cabarrús?

Aviraneta escribió al dueño del hotel de Embajadores diciéndole que iría a buscar su equipaje de noche, pues le andaba persiguiendo la policía.

Lo hizo así, y por la mañana tomó la diligencia para España.


XIII.
EL JARDÍN DE ETCHEPARE

Al llegar a Bidart, Aviraneta supo que Etchepare había muerto. El caserío Iturbide estaba cerrado.