—¿Qué hace usted aquí?—le dijo un guardia.

—Soy extranjero. He venido por curiosidad.

—Bueno. Vamos, vamos. A su casa.

Aviraneta avanzó por un puente. Un sol pálido iluminaba las guardillas de la orilla izquierda del río...


XII.
DESPEDIDA

Al acercarse Aviraneta al hotel de Embajadores de la calle de Santa Ana vió, desde lejos, el pañuelo rojo atado al hierro del balcón. Era la señal de alarma.

Aviraneta volvió sobre sus pasos, entró en un restaurante a comer, y se dirigió después a la librería Eymery, de la calle Mazarina.

Preguntó si había alguna carta para él; no había ninguna, y fué a dar un paseo por el jardín del Luxemburgo. A media tarde volvió por la librería, y el dependiente salió a entregarle una carta. Era de la Sole. Aviraneta se puso a descifrarla, hasta que lo consiguió. Decía así: