Fabvier y Aviraneta se unieron a ellos.

A pesar de su corto número, estaban todos dispuestos a intentar un ataque a la desesperada.

—Esperemos un momento—dijo Fabvier.

En esto, a lo lejos, se oyeron rumores y gritos. «¡Viva la Carta! ¡Viva la República!», se escuchaba distintamente.

Hubo algún movimiento entre la tropa.

Fabvier miró a los suyos.

—¿Estamos?—dijo—. Adelante.

Aviraneta desenvainó el estoque, dispuesto a abalanzarse sobre la tropa.

La gendarmería de a caballo se había dado cuenta del movimiento y se lanzó sobre los carbonarios. No hubo manera de resistir. El grupo quedó deshecho.

Aviraneta se encontró desarmado y solo.